El 29 de diciembre de 2025, Érica Jimena Moreno dejó a su hija de dos años con sus padres y regresó a su hogar. A las 5:00 de la tarde, las cámaras la captaron entrando. Fue la última imagen con vida. Nunca volvió a salir. Desde ese momento, el horror se instaló puertas adentro.

Mientras la familia escribía preocupada, creyendo que hablaban con ella, el asesino contestaba. Cada mensaje era una mentira más. Cada día que pasaba, una burla a la desesperación de quienes la buscaban.

Durante siete días, Walter Camilo Medina Rojas convirtió la casa que compartían en una morgue clandestina. Según la Policía Metropolitana de Tunja, tras asesinar a Érica por asfixia mecánica, continuó viviendo allí con total normalidad: salía a trabajar, regresaba con comida y dormía bajo el mismo techo que el cuerpo sin vida.

Lo más perturbador fue la frialdad con la que manipuló todo a su alrededor. Para evitar una búsqueda temprana, utilizó el celular de Érica para responder mensajes de WhatsApp, haciéndose pasar por ella y prolongando el engaño.

Vecinos y personas cercanas aseguran que Érica ya había advertido sobre episodios de violencia dentro del hogar. Aun así, nadie imaginó este desenlace.

El engaño se derrumbó el 4 de enero, cuando la hija de dos años comenzó a preguntar insistentemente por su madre. Esa pregunta lo cambió todo.

Ese mismo día, el sospechoso abandonó la vivienda con un bolso y un casco y huyó a Bogotá. Gracias al rastreo tecnológico y al análisis de cámaras, fue localizado y capturado en el barrio Granada.

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